Normalmente se suelen dar cien días de margen a un político en el poder antes de proceder a valorar sus primeras medidas y el futuro que nos espera con él dirigiendo. Los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, han decidido que la mejor manera de valorarlo es convocando una huelga general el día 29 de marzo, precisamente en el centésimo día desde la llegada de Mariano Rajoy a la Moncloa.
No está exenta de polémica esta convocatoria, y no es porque a los trabajadores de todos los sectores no se le acumulen los motivos para hacerla. Simple y llanamante, lo que se denuncia por doquier, es la falta de credibilidad de unos sindicatos que han estado ocho años mareando la perdiz mientras se destruía empleo mes a mes con un gobierno socialista. Si un sindicato quiere ser independiente, o al menos aparentarlo, lo primero que debe ser es ciego frente al gobierno en el poder. El político es el enemigo, pese a que le votamos, pues el poder es peligroso. Y los sindicatos están para proteger al trabajador de los excesos de los poderosos, no para ser un brazo más de un partido político y enseñar las garras cuando el emblema del partido en el gobierno ostenta una gaviota y no una rosa.
Así las cosas, será la sexta huelga general de 24 horas desde el comienzo de la democracia, con el pretexto de resistirse a la aprobación de la reforma laboral que abarataría el despido, facilitaría el recorte de sueldos y anteponer convenios individuales frente a los colectivos. No sabemos si la huelga tendrá mucho seguimiento, pero lo que puedo adelantarles desde ya es que habrá miles de trabajadores que, queriendo ir a trabajar, no irán porque los famosos “piquetes informativos” les amedentrarán, insultarán y, en algún caso, agredirán, por el simple hecho de querer ejercer un derecho tan fundamental como el suyo.
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